
En este país donde la esperanza de buena parte de la ciudadanía es que la conducción de los encargados de las diferentes áreas de gobierno se alejen del sino de la corrupción que durante décadas ha manchado la historia de la política mexicana, parece que es una lección que no todos en la administración pública parecen no entender. Por el contrario, cualquier publicación de los periodistas al respecto es considerada como un ataque personal para quienes están a cargo de cumplir y hacer cumplir las leyes de manera recta, responsable y honorable.
Que la corrupción es el talón de cualquier ámbito de nuestro gobierno, lo demuestra el ataque soterrado que ha emprendido Estados Unidos a través de su embajador en nuestro país, Ronald Johnson, quien señaló recientemente, sin ambages ni diplomacia alguna que la corrupción y la extorsión en nuestro país representan obstáculos directos para la inversión y el desarrollo de proyectos estratégicos en América del Norte.
Podremos decir que a él no le corresponde mencionarlo, que es un asunto de los mexicanos el dirimir al respecto, pero eso no elimina una gran realidad que sigue preocupando a los ciudadanos mexicanos que la presencian en diversos eventos corruptos de la vida cotidiana, tanto a nivel local, como estatal y nacional. La corrupción existe y sigue existiendo, porque no le ponen un freno social y político más directo o contundente.
Bueno fuera que los periodistas nos calláramos, como desea algunos funcionarios, para practicar la política del avestruz y mantener en tranquilidad a la ciudadanía, sin enterarlos de noticias que afloran corrupción en diversos ámbitos gubernamentales y tal vez otros ámbitos como lo son los empresariales, los sindicales, los educativos, los deportivos, los policiacos, etc. La realidad está ahí presente, dejada a un lado por un tiempo, pero brotando de nueva cuenta como retoños malsanos.
Ahi tenemos por ejemplo el caso de la detención en Argentina de Fernando ‘N’, contralmirante y sobrino del extitular de la Marina, Rafael Ojeda Durán, en el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, que demostró que ese grave problema de corrupción contaminó a altos mandos de la otrora impecable Secretaría de Marina y que por ahí se ha desviado dinero para enriqueces a políticos y empresarios bien metidos en el negocio del huachicol. ¿No fue el huachicol el primer asunto turbio que pretendíó acabar de manera tajante el expresidente mexicano en su primer año de gobierno? ¿Qué pasó después de sus medidas expectaculares? Pues lo que estamos viendo ahora es que el negocio creció a dimensiones más altas y de más ganancia, con el tráfico de petróleo que involucró a altos funcionarios gubernamentales.
¿Que podemos hacer al respecto, los periodistas? ¿Callarnos para no molestar a los funcionarios en turno? ¿Hablar solo las positividades que enaltezcan solo una cara buena del gobierno? ¿Ni ver ni escribir los sucesos ligados a la corrupción para no molestar a funcionarios que piensan que nada de lo que acontece mal a su alrededor debe publicarse? Al contrario, tiene que ventilarse y resolverse, y aprovechar cualquier impulso para subirse por adelante para mejorar las instituciones públicas.
Es el momento de volver la mirada a la ética de los ciudadanos y los gobernantes, como lo intentó hacer el propio López Obrador, en otra de sus medidas espectaculares que no cuajó porque no hubo apoyo real y decidido para difundir y ampliar lo que se avizoraba como una gran impulso ético desde la máxima dirección de su gobierno, para contraponerse al criterio del anterior presidente Enrique Peña Nieto que decía que la corrupción no puede erradicarse porque forma parte de la cultura mexicana.
¿Donde está ahora la famosa Guía Ética que a nivel nacional el gobierno morenista comenzó a repartir en el año del 2020, impulsada por el presidente Andrés Manuel López Obrador, dotado de las mejores intenciones y los más altos valores cívicos, por medio del cual, segú el ex mandatorio se procedería a combatir el proceso de «degradación de la vida pública» de funcionarios y ciudadanos y funcionarios en nuestro país, para que se reflexionara que no es suficiente generar acciones que mejoren las condiciones materiales de todos nosotros sino que también era importante «fortalecer los valores, procurar el bienestar material y el bienestar del alma«
Se repartió un ejemplar a varios millones de ciudadanos mexicano y dígame usted, si recuerda de que trataba la susodicha guía ética que, como su antecesora, la cartilla moral basada en los principios del literato Alfonso Reyes, fueron flor de temporada. Chispazos de querer transformar a México desde la esencia de su conducta, que muy pocos secundaron. Que se diluyó en el devenir de la política nacional que hoy nos tiene, igual que siempre, a merced de uno que otro acto de corrupción.
Más antes, en el 2019, la Secretaría de la Función Pública, había dado una código de ética de los funcionarios públicos que detallaba lo siguiente:
«La Secretaría de la Función Pública enfatizó que es compromiso de las personas servidoras públicas, actuar atendiendo a los principios, valores y reglas de integridad contenidas en este Código, así como a las disposiciones legales aplicables a sus funciones, favoreciendo en todo momento, como criterio orientador, el bienestar de la sociedad.
En ese sentido, las personas servidoras públicas deberán brindar un trato igualitario a todos los individuos, evitando cualquier acción u omisión que menoscabe la dignidad humana, derechos, libertades o constituya alguna forma de discriminación»
Desde ese entonces, a la fecha, cuantas fallas al respecto no han sucedido en las oficinas públicas por autoridades que no respetan en lo más mínimo estos dos párrafos, al asumir y desempeñar un puesto públicos, y valiéndole la ética porque al llegar al poder lo ejercen a la voz de «aquí nomás mis chicharrones truenan»
Todo esos voceríos y textos redactados se han ido al caño de la desgracia nacional. ¿Cuántos códigos más éticas de instituciones diversas de nuestro país también se pierden e ignoran por los funcionarios de esas instituciones, que no tienen no solo ya una pizca de ética en su trato con los demás, sino una carencia total de humanidad y respeto a los derechos humanos.
¿Y que debemos hacer los periodistas al respecto? ¿Callarnos? ¿Hacer como que no vemos? ¿O tal vez llegar a la misma conclusión cínica de Enrique Peña Nieto que afirmaba que la corrupción nunca acabaría en México porque forma parte de nuestra cultura ciudadana.
Y luego viene lo otro. El considerar que si alguien actúa éticamente, si alguien es honrado, si alguien se preocupa por ayudar los demás en situaciones de injusticia, si alguien procura actuar con integridad, no solo pasa por ser un tonto peligroso en las instituciones públicas sino también entonces los altos jefes no lo ven con encomio, sino con recelo, con desprecio incluso, y con total desconfianza, porque altera el orden del aquí no pasa nada , y si pasa, debemos dejarlo pasar. Se les señalan incluso por afectar el nivel de autoridad de sus jefes, porque no se vale tener criterios propios sino solo la sumisión institucional.
¿Que pasó con nuestros funcionarios en México que no entendieron el noble propósito del expresidente López Obrador en relación a la moral y ética republicana? ¿Que está pasando con nuestras instituciones que lejos de enaltecer al que actúa con base en la verdad y en la solidaridad con los demás, lo sitúan como el enemigo detrás del cual hay siniestros intereses políticos, incluso, para alterar la buena marcha de nuestras instituciones, cobijadas en la política del avestruz?
Mientras no resolvamos el problema ético nacional, que prohija la corrupción, que bien señaló López Obrador, y actuemos en consecuencia para reducirlo y erradicarlo, el país seguirá estando en el peligro de caer en la corrupción. El diputado Alfonso Ramírez Cuéllar, uno de los pocos que se ha manifestado al respecto, ha dicho: “Nosotros aprendimos con mucha fuerza la lección de los regímenes priistas y panistas que cayeron por la corrupción, por el despilfarro, por la arbitrariedad. Y Morena no va a cometer ese mismo error”
Pero que se puede hacer si son pocos los que lo secundan, en su propio partido. Y muchos más que en sus propias instituciones hacen poco, muy poco, para fomentar la ética en el ejercicio de su función como autoridades, y se rodean, por el contrario, por personas poco éticas, que le plantean a dichas autoridades, al oído que toda acción ética de sus empleados lejos de ser una conducta elogiable, es un peligro para la buena marcha de las instituciones, porque tienen un grave problema esos subordinados, que es el de actuar conforme a la verdad
Es hora de ponemos las pilas, a nivel nacional, y comenzar una gran campaña en pos de los altos valores morales y éticos, que buscó instaurar, infructuosamente, en sus guías publicadas, Andrés Manuel López Obrador. Y buscar a las personas más notablemente éticas de nuestras comunidades sociales e institucionales, para que contribuyan a predicar no solo con lo que dicen, sino con el ejemplo mismo de sus conductas personales.
Eso sería lo mejor que tratar de tapar el sol con un dedo, y reprimir a quienes actúan íntegramente para resolver problemas e injusticias en nuestras instituciones.
O dicho de otro modo, premiar a los que se portan bien , porque actúan con base a la verdad y la justicia, y no castigarlos por ello.
Y, en todo caso, castigar, de a deveras y públicamente, con nombre y todo, a los que infringieron las normas éticas de su institución.
