In Memoriam: Macondo, cien años


Por Ignacio Oropeza López

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Los vínculos de García Márquez con Xalapa se remontan a hace 50 años, cuando la Editorial de la Universidad Veracruzana le publicó una de sus primeras grandes colecciones de cuentos “Los funerales de la mamá grande” (1962)
Juan Carlos Onetti y Gabriel García Márquez, juntos en Xalapa
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Por Ignacio Oropeza López, egresado de la facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

Son muchas las deudas espirituales que Xalapa tiene con Gabriel García Márquez, pero también en reciprocidad, los débitos del Premio Nobel de Literatura con la capital de Veracruz, llamada con justicia y certeza la Atenas Veracruzana, no solamente porque ha sido la gran generadora de almas nobles e inteligencias –dado que ahí se encuentra el Seminario Mayor y la Universidad Veracruzana- sino también porque fue la ciudad que incubó a la Escuela Normal y fue el centro de vastos movimientos artísticos, científicos y culturales.
En esta ocasión pretendo referirme a lo que significó, en la vida de García Márquez, la ciudad de Xalapa y su intensa vida cultural. Como sabemos, esta ciudad se parece mucho con sus fríos, lloviznas y neblinas, hombres de trajes y mujeres embozadas, a San José de Bogotá, la capital de Colombia.
El puerto de Veracruz, con todo y su importancia económica, tiene algo de Cali, de Medellín y de Cartagena, es un gran centro comercial pero su cultura es incipiente y balbucea en las batallas cotidianas del IVEC.
Por principio de cuentas, los vínculos de García Márquez con Xalapa se remontan a hace 50 años, cuando la Editorial de la Universidad Veracruzana le publicó una de sus primeras grandes colecciones de cuentos “Los funerales de la mamá grande” (1962), en la cual aparece insinuados, neblinosos, y en otros casos nítidos, transparentes, los personajes que formarían el universo mágico de Macondo, plasmados en esa gran novela “Cien años de Soledad”, que como sabemos, empezó a escribir en México, cuando viajaba hacia Acapulco con su familia, y encontró el tono, el estilo y la estructura narrativa de la obra.
La mayoría de los analistas y los críticos literarios han señalado, no sin razón, que en estos cuentos aparece ya prefigurado el universo de Macondo, cuya semilla original fue otra colección de cuentos “Ojos de perro azul”, en la que figuran relatos de menor gloria, salvo el final “Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo”, que es a mi juicio el primer cuento que tiene ingredientes autobiográficos y que incluye el relato oral de sus familiares, en especial de su abuela, que le fue descubriendo ese universo que luego bautizaron los teóricos como “realismo mágico”.
Por esa época, Gabriel García Márquez era un desconocido todavía en el mundo literario, y luego de unos meses en que vivió en La Habana, Cuba, al triunfo de la Revolución Cubana -y en donde se inició su gran amistad con Fidel Castro- laboró en la agencia de noticias Prensa Latina (1962).
Su experiencia como periodista era muy amplia, de lo cual dan muestra los llamados “Textos de la Costa” y su papel como corresponsal en Europa. Posteriormente, fue designado a la oficina de dicha agencia de noticias en Nueva York, lugar en donde -como dicen en mi pueblo “no se halló, no se ubicó, y extrañaba la luz del trópico”- Y entonces emprendió un largo viaje por carretera de Nueva York a México, viajando en los famosos “Greyhound” por toda la costa oeste de Estados, durante varios días, comiendo hamburguesas y malteadas, hasta llegar al Distrito Federal, sitio en el que su paisano y también escritor, Álvaro Mutis, lo conectó con el ámbito literario a partir de 1963 (hace 50 años).
Laboró como periodista en una revista muy conocida de esos tiempos, “Sucesos para todos” de Gustavo Alatriste, quien mantenía estrechas relaciones de amistad y trabajo con escritores de la talla de Juan Rulfo y Carlos Fuentes, y cineastas como Luis Buñuel. Fue en ese ambiente en el que Gabo contribuyó a la elaboración del guión cinematográfico de “El Gallo de Oro”, a partir de una idea del jalisciense, y que fue uno de los clásicos del cine mexicano, dado que tiene ingredientes de otro cuento del colombiano.
Más adelante, apareció otra colección de relatos de García Márquez en la que figura “La prodigiosa tarde de Baltazar”, que para el crítico literario Seymour Menton, autor de la mejor antología de cuentos hispanoamericanos que existe, se trata del mejor relato del colombiano. En esa ocasión se publicó también “En este pueblo no hay ladrones” (1962), que a posteriori, sería llevado a la pantalla por el cine director mexicano Alberto Isaac, y que es una película que logró captar, en su esencia, el universo de Macondo.
Los personajes de estos dos cuentos no pertenecen a la élite social, son por el contrario, gente humilde y sencilla, posiblemente personajes reales de Aracataca, el pueblo que se volvió famoso gracias a que fue la tierra natal de García Márquez, y que tiene un buen número de semejanzas con Tlacotalpan, la arquitectura, el ambiente, el río de las mariposas, las inundaciones, las mujeres bellas, la música, el vestuario, solamente faltó ahí la estación del tren.
Los vínculos de García Márquez con Xalapa siguieron creciendo cuando en 1978, cuando el escritor y crítico literario Jorge Rufinelli, entonces a cargo del Centro de Investigaciones Lingüístico Literarias de la Universidad Veracruzana, y uno más de los refugiados o asilados políticos de Uruguay, concibió un vasto homenaje para el poeta y narrador Juan Carlos Onetti, homenaje al cual asistieron renombrados escritores, cuando era Rector Roberto Bravo Garzón (gran impulsor) y gobernador Rafael Hernández Ochoa.
Fue en ese congreso de escritores latinoamericanos cuando, en una exclusiva mundial, periodistas de Xalapa obtuvieron la declaración de García Márquez: “Como Pinochet no cae, volveré a escribir”.
La noticia dio la vuelta al mundo porque ya Gabriel era muy conocido debido a “Cien años de Soledad”, libro al que, el ahora también Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, le había dedicado años antes un ensayo magistral “Historia de un Deicidio”.
En reciente libro, el periodista Julio Scherer narra el gran cariño de García Márquez hacia la actriz María Rojo, protagonista –junto con Héctor Bonilla- de la película “María de mi corazón”,(1979) de Jaime Humberto Hermosillo, basada en uno de los mejores “Doce cuentos peregrinos” y que lleva el nombre de “Solamente vine a hablar por teléfono”, el cual recoge el ambiente de los magos y músicos callejeros de la internacional Barcelona.
El escritor colombiano regresó por estos lugares con motivo de la filmación de “El coronel no tiene quien le escriba”(1999) dirigida por Arturo Ripstein, con un guión elaborado por Paz Alicia García Diego, y en la cual aparecen actores y actrices de la talla de Fernando Luján, Daniel Giménez Cacho, Marisa Paredes, Salma Hayek, Patricia Reyes Spíndola, siendo gobernador Miguel Alemán, y con apoyo de la Fundación de la Universidad Veracruzana, Tornasol films, TV España y Canal + de Francia, con locaciones precisamente en Tlacotalpan y el Papaloapan, y que es una excelente película. Debes verla.

 

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