Un Retrato sin Retoques: Ensayo narrativo dedicado a las madres solteras


Por Ignacio Oropeza Lópezellla

Ignacio Oropeza López, egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana
Ignacio Oropeza López, egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

Dos décadas después, regresé a mi pueblo natal para comprobar un sueño.

Era el primer día de Mayo, terminaba el desfile obrero, cuando decidí hacer una visita inesperada a la mujer que me quitaba el sueño y no me dejaba en paz. Un fantasma vaga por los callejones de mi vida. Es un viejo amor, que ni se olvida ni se deja. Ella salió sonriente, el ojo que siempre guiñaba, su gesto característico, sus finas y largas manos en un mandil. No mostraba sorpresa, si acaso curiosidad, tratando de adivinar el motivo de mi presencia.

En pocas palabras, interrumpidas por los clientes de su negocio, nos narramos tramos de nuestras vidas. Le recordé la última carta que me había enviado, en la que, con frialdad, daba por muerto nuestro amor. Fingió no recordar nada y con risa nerviosa expresó: “Yo estaba loquita, no sabía lo que hacía, me gustaban todos los hombres y ninguno, me aburría en el pueblo, yo quería vivir en la ciudad, frente al mar”.

Luego, con su estilo burlón, me dijo: “Pero tú, finalmente, me olvidaste y te casaste”. “Así es”, le respondí, “pero sigo pensando en ti”, argumenté. En realidad, hasta en las noches cuando amaba a otras mujeres el secreto de sus ojos estaba presente en mi pensamiento. No la podía ni la quería olvidar. Era una pasión. Se pueden olvidar los amigos, los negocios, los trabajos, los juegos, las novias, lo que nunca se puede olvidar es una pasión. Se lo dije.

Entornando los ojos me confesó que aquella noche del baile famoso ella decidió irse de su casa pero no por amor. En realidad, lo que ella deseaba era libertad, correr por el mundo, vivir en la ciudad, ir a los bailes, a la playa, trabajar y no estar encerrada en la casa.

Su padre la quería casar con un ranchero de la región. Ella quería ser como el viento, libre, estudiar, ser algo en la vida, no solamente una mujer casada con alguien.

Le comenté que tras la ruptura, había caído enfermo. Gracias al doctor Pepe Guerra, que me dio un tratamiento de emergencia para caballo estoy vivo. Me sugirió cambiar de clima, de hábitos, alimentarme bien, hacer deporte. Yo era un sonámbulo, de noche pensaba en ti, y de día me dormía en el trabajo. Sufría del mismo mal que David Garrik.

“Pero-interrumpió- si tu anduviste con la hermana del doctor Pepe.

“Para nada”, respondí, “solamente fue una amiga”. El tratamiento del doctor alteró mi sistema nervioso, debido a mis inclinaciones por la bebida “yo en esos tiempos tomaba mucho”, reconocí. Me diagnosticaron Síndrome de Cushing.

Respondió entonces ella que mis borracheras y amores necios eran el escándalo en el pueblo, y que ella prefería mil veces estar soltera que amarrada a un borracho. “Borracho no, enfermo sí, de los nervios, y muy mal, estuve en una clínica, la hermana del doctor me cuidaba, me costó trabajo salir del hoyo”. Luego ingresé a trabajar en una gran empresa inmobiliaria, hice algún dinero, pero luego lo boté, voy al día”.

“Tu hermana mayor me dijo, -expresé- cuando todavía andabas a escondidas conmigo, que tenías un novio en otra ciudad. Que te visitaba con frecuencia y hacían largas caminatas por la playa. “¿Y cómo es él”. Ella, tu hermana guardó silencio, entonces, pero tu hermanito, quien escuchaba la charla, expresó: “Es gordo y colorado, como tú”.

Por toda respuesta, mi Amada lanzó un grito, mencionó un nombre, y del fondo de la vivienda salió un mocetón de unos veinte años, moreno, alto y fornido, con el pelo rizado y los ojos moros de ella. “Te presento a mi hijo”.
Epílogo

El mundo se desmoronó. Todo se derrumbó dentro para mí en forma súbita.

En un lapso de dos décadas, me sucedieron más eventos que en el resto de mi vida. Primero me enamoré de Amada, luego enfermé de gravedad, muy mal de los nervios, ingresé a una clínica. El infierno de todos tan temido. Pude, finalmente, concluir mis estudios universitarios. De panza… so babieca.

Laboré aquí, allá y al di la. Conocí a Alejandra .Amor juvenil. Quise o creí luego estar enamorado varias veces. Sigo pensando en su amor.

Ella tenía algo de Natalie Wood, de Ana Berta Lepe, de Claudia Cardinale. Su camino pudo ser el mío, pero los caminos de la vida no son los que yo pensaba, no son lo que yo creía, la gente me dijo que ella andaba por otros rumbos y con otras intenciones, que deseaba ser rica, divertirse y pasear por el mundo.

Acepto hoy. Tal vez no luché por ella, quizás no pude ganarme su amor. Me consuela el saber que ahora ella es feliz, que tiene un hijo que se parece a ella. Estoy cierto, nada nos devolverá el esplendor de aquellos días.

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