Despedida para siempre


por Jorge Alberto González Ramírez

Por Jorge A. González, egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

Fue un sábado 11 de noviembre de 2017 en un estacionamiento público. Formado en una extensa fila. La mayoría habíamos presenciado una obra de teatro. Eran más o menos las diez de la noche.

Luego de estar hora y media sentado en la butaca sin parar de reír, era momento de ir a casa. Debo confesar que me dolía la “panza” de reír y reír, tan así, que la señora de la butaca de adelante volteaba fúrica de nuestras carcajadas. Reír de esta manera en un mundo tan convulso, es hoy un privilegio.

Saqué mi cartera del pantalón, escudriñé para encontrar el boleto del estacionamiento. Y no porque tuviese mucho dinero, sino porque tengo la mala costumbre de guardar cualquier recibo de pago por insignificante que sea.

Esa noche solo había un par de valet parking. El espacio era pequeño y las maniobras eran muchas. La gente comenzaba a impacientarse, mientras la fila crecía, como en la tortillería a la hora de la comida. Todos querían irse a casa.

Con el papel en mano, sólo faltaba el auto. Ese día me acompañaba mi suegro, mis cuñadas y Ely, mi esposa. Todos queríamos estar en la fila aunque después nos subiésemos en el mismo vehículo.

-Hola manita cómo estás.
-Bien, muy bien.
-Me da mucho gusto verte.
-Igual a mí.
-Viniste a la obra verdad.
-Sí, estuvo divertidísima.
-Sí, y me hacía falta reír un poco, hay mucho trabajo.

Era Susana Herrera Lazarini y Ely, que se habían encontrado en la fila y comenzaban a platicar. “Susanita” como solíamos decirle, sostenía de la mano a un niño como de 9 años, eran solo ellos dos que habían decidido -ese sábado-salir a ver teatro.

Me alejé un poco de donde estaba formado y retrocedí, me acerqué e interrumpí la conversación entre ellas que comenzaba a tornarse de trabajo. Antes de abrazarnos y darnos un beso en la mejilla: vi su rostro.

Nunca lo había expresado antes pero soy una persona receptiva, suelo percibir en las personas -verdad o mentira- pero lo siento de manera intensa: cuando el ser que está frente a mí, emana paz, serenidad y sobre todo sinceridad.

Eso no quiere decir que mis amistades, mis conocidos sean falsos, no; hay mucha gente a la que amo y estimo y recibo lo mismo o más, pero esto se trata de una sensación particular, extraordinaria que sólo me ocurre con dos personas: la poeta Luz Olivares Aldana y justo con Susana Herrera.

Y no se trata de quién da más y quién da menos, no es quién está cerca o lejos. No es quién se expresa mejor de ti. No es de cantidad, ni de acciones, no es quién habla mejor de ti o quién te invita a desayunar o te da un regalo.

Ver el rostro de Susana Herrera Lazarini era como cuando un niño abraza su primer muñeco de peluche y no quiere soltarlo. Nunca ha bajado un ángel del cielo para abrazarme pero creo que podría ser equiparable a esa sensación.

Dicen -irónicamente- que cuando alguien se nos va, se recuerda lo bueno de la persona y no lo malo; por lo menos en mi caso, lo poco o mucho que pude conocer a Susana (y hablo por mi), jamás entró por mis oídos algo negativo de su persona o de su trabajo, sino todo lo contrario.

A Susana siempre la vi trabajando, sudando, a las prisas, apurada, correteando la noticia con el cubo de RTV en mano. Comenzó desde abajo, como muchos de mis compañeros. Nada se le regaló. Se esforzó, escaló y alcanzó.

Lloró de alegrías y a veces de injusticias. Pero sonrió de logros y batallas ganadas. Con el tiempo se hizo fuerte, resistente, independiente. La vi pasar de ser una joven a ser una mujer responsable y comprometida con su trabajo. Ustedes saben, el periodista no tiene horario ni calendario.

Nunca supe cuál era su sueño en la vida, quizá sus amigas cercanas lo sabían. Susana y yo no éramos muy cercanos en los últimos años, coincidíamos en épocas añejas cuando era reportero de cultura de Imagen de Veracruz y nos encontrábamos en la cobertura de eventos culturales, fue ahí donde la conocí y aprendí a tenerle aprecio.

Cada vez que nos encontrábamos era un instante extraordinario: una sonrisa de oreja a oreja, unos ojos negros grandes y llenos de vida.
Cada peca en su rostro quizá eran sueños cumplidos y otros por conseguir.

Muchos ya estaban signados, como cuando salió su primer trabajo periodístico en el noticiero de televisión, o la vez que se encendieron los reflectores de TV MÁS para salir a cuadro y conducir el noticiero del medio día; no sin antes escuchar el: “vamos al aire en” en voz de Martín Galván o el conteo de Frank Mortera desde el switcher.

Anoche, mientras, veía la televisión escuché un sollozo que luego se convirtió en llanto contenido. Era Ely mientras veía el celular y se llevaba las manos a la cara. No podía hablar mucho por el sobresalto de lo que acababa de leer.

-Qué te pasa? le pregunté.
-Te sientes mal?
-Discutiste con alguien?

Me miró a los ojos, con lágrimas en sus mejillas y apenas y pudo decirme:

-Murió mi amiga Susanita, y volvió a irrumpir en llanto.

Qué Susanita? Le pregunté, preocupado.

Y me lo dijo, sí, me lo dijo, así como esas noticias que nunca quisiéramos escuchar.

-Falleció Susana Herrera Lazarini, nuestra amiga, en un accidente automovilístico.

Entonces vino a mi memoria esa última vez que nos vimos en aquél estacionamiento de la avenida Madero, a una cuadra del teatro Reforma. Fue ese día en que nos despedimos, no sabía que no volveríamos a verla.

Recuerdo aquel momento en que le sostenía la mano a su sobrino, y entre la plática le dijo:

“Mira, él se llama Jorge, ha escrito libros. Tú has dicho que quieres escribir uno, él te puede decir cómo hacerlo. De verdad, es escritor”.

Los ojos de ese niño brillaron cuando escuchó eso.

-Sí amiguito, cuando quieras yo te puedo ayudar.

Mi auto llegó, nos despedimos de beso y abrazo. Subimos todos de inmediato, ella esperaba el suyo, avanzamos hacia la calle mientras Ely y yo le decíamos ADIÓS con el cristal abajo.

Ella, aún de pie en la fila, levantó su mano y respondió el saludo sonriendo, e invitando a su sobrino a despedirse de nosotros en un gesto que sería una despedida PARA SIEMPRE.

DESCANSE EN PAZ SUSANA HERRERA LAZARINI.
Compañera periodista y amiga.

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