Despedida


La imagen puede contener: 1 persona, de pie, barba y exteriorPor Mario Jesús Gaspar Cobarrubias

por Mario Jesús Gaspar Cobarrubias, egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

Hoy quiero expresar y compartir mis condolencias a la familia de mi amiga y colega de profesión Susana Herrera Lazarini, que falleció ayer 25 de enero de 2018, en un trágico accidente, donde un trailer impactó contra el taxi donde ella viajaba.

La conocí durante mi etapa de estudios en la Facultad de Ciencias de la Comunicación (FACICO), de la Universidad Veracruzana. Ella era del grupo 801 de la generación 1996-2000 y yo del 803 de la generación 1998-2002. Como trataba y tenia amistad con casi todos los compañeros de ambos turnos, alcancé a tratarla, hacer amistad y compartimos trabajo en algunos eventos donde participaba el alumnado en general. Seguramente debo tener fotos con ella, de nuestra etapa de estudiantes.

Tras egresar en 2000, perdí contacto con ella hasta el 31 de agosto de 2017, en que me hizo la entrevista sobre la muralla de Veracruz y los polémicos cimientos que se había hallado un día antes en las obras de la escuela Josefa Órtiz de Domínguez. Meses más tarde, me hizo nueva entrevista en la Iglesia del Santo Cristo del Buen Viaje, el 7 de diciembre de 2017, a día y medio de la partida de la “Expedición documental de los 11 municipios unidos por el camino real Veracruz-México”. Fue la última vez que le vi en persona y durante los 15 días que duró la expedición caminando entre Veracruz y Perote, fue ella por parte de RTV Veracruz-Boca del Río, quien recibió los comunicados diarios que envié a diversos medios de comunicación que seguían nuestro avance por esta ruta histórica.

Interesantes son estas experiencias cuando un colega comunicólogo entrevista a otro, y se establece la sinergia de que dos soldados en el mismo o distinto campo de batalla, se enlazan para transmitir algo interesante a la sociedad. Conociendo nuestras mismas técnicas y armas, desaparece la pena de estar frente al micrófono y la cámara, y disfrutamos del encuentro. Porque en quien no ha germinado la semilla de abrir su espíritu a los demás y tenderles un puente invisible de comprensión, no es realmente un comunicólogo, sino un prisionero de su propia cárcel sin paredes.

Acordamos hacer más cobertura de este tema, pero como suele ocurrir frecuentemente en la vida, tantas cosas se interponen y se olvidan. Mi última comunicación que tuve con ella fue el intercambio de felicitaciones del 25 de diciembre y compartirle la nota hecha por el colega de Hora Cero Plumas Libres, que me entrevistó en la iglesia de La Piedad en Xalapa.

Me queda el recuerdo de mi amistad, no muy estrecha por tantas ocupaciones que nos separaron en una época en que apenas el celular se estaba masificando, con mi bella y siempre trabajadora colega de profesión, que bien supo ganarse el aprecio y respeto de parte de quienes le conocimos. La vida de los comunicólogos que aman su profesión conlleva riesgos -lo se por experiencia propia al ver la cara de la muerte en muchas ocasiones- independientemente del área que hayamos elegido para desempeñar los difíciles y polémicos arte, ciencia y técnica de comunicar e informar al ser humano de su acontecer diario y pasado. Y a los riesgos se unen la incomprensión y difamación de un público que muchas veces, generaliza y califica a todos con la misma injusta e infamante rúbrica: a los que deshonran esta profesión con mercenarismo y golpes políticos y a los que se esfuerzan por hacer un trabajo profesional y ético.

La nuestra es una existencia variada, interesante y fascinante, cuanto más a los que poseemos espíritus inquietos y dinámicos que no se conforman con quedarse en un escritorio y salimos al mundo exterior, jugándonos muchas veces la vida, para cazar la noticia, el reportaje, la investigación de lo que se hace y no se hace en el país, en la ciudad, en la comunidad e incluso en las zonas remotas donde apenas llegan la tecnología y las señales inalámbricas. Muchas veces mal pagados, sin prestaciones y sin respeto por parte de la sociedad a quienes servimos, la profesión del comunicador activo termina siendo realmente una cruzada de valientes, donde se demuestra que el valor por expresar lo que uno cree que es correcto, se da por igual en hombres y mujeres, que cada quien brilla con luz propia y teje la bandera de su propia gloria o el epitafio de su propia tumba.

Un día estamos y otro no, así de efímera es la vida, una noche brillamos como estrellas en el cielo y por la mañana nos extinguimos cual débil llama en una vela superada por la fuerza del viento.

¡Descansa en paz, querida amiga! ¡El cielo te tenga en su gloria, al lado de todos nuestros compañeros que no pudieron morir en la vejez! Los que compartimos contigo las aulas y los campos de batalla, no te olvidamos y el público, esa sociedad a la cuál serviste con dedicación y profesionalismo, te honra.

¡No te olvidaremos, Susy!

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