El arte caribeño para decir mamadas o de mi adolescencia escuchando Las Meganoches


Por Juan Eduardo Mateos Flores, egresados de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

por Juan Eduardo Mateos Flores

Recuerdo la primera vez que escuché “Las Meganoches”:. Estaba reacostado en la parte trasera de la vieja camioneta RAM Charger de mis padres; lo que no recuerdo es hacia dónde iba pero más o menos —oh, la farragosa memoria— me acuerdo que conducía mi hermana mayor, que a sus 16 años recién había aprendido a conducir.

Recuerdo de ese programa de radio una serie de sonidos y palabras enrevesadas: un intro de Bart Simpson, otro de los Looney Tunes, una marquesina que decía «Juan Santiago y el Tuper se venden por separado», palabras como “qué pedo, carnal” que en aquel momento, durante el naciente nuevo milenio, decirlas al aire eran un atentado contra la moral. Además hay en mi memoria algo sobre “Los Cuentos de la Cripta” de DJ Chombo saliendo de las bocinas del estéreo; recuerdo también que sus canciones —“El Gato Volador”, “Estaban Celebrando”, “Quieren chorizo”— terminarían por constituirse en clásicos de la vida caribeña del puerto, que se desarrollaba principalmente en fiestas y antros.

Vagamente recuerdo también las intervenciones de los locutores —Juan Santiago y Eduardo “El Tupper” Cureño— que podían durar horas y cuyos temas de conversación se trasladaban al día siguiente a nuestras primarias y secundarias. Pienso, por ejemplo, en aquel chiste que luego se volvería popular en el barrio y en la primaria a la que asistía: érase una vez un patito que se llamaba pegamento, se cayó y se pegó.

Sé que es un chiste soso pero ambos locutores encontraban la manera de hacerlo divertido, sea por su desparpajo y habilidad o por aquella carcajada estruendosa que sonaba después de cada chiste y después descubriría le pertenecía al Tupper, un hombre cuya apariencia bonachona era sepultada por su parecido a estos trastes vendidos regularmente por señoras que con el pretexto de dejarte un catálogo quieren enterarse o enterar a otras del chisme del momento.

Pero por qué recordar todo esto de repente.

Mientras navegaba en las redes sociales hace unos días, el martes 2 de mayo para ser precisos, leí en el perfil de Facebook de Juan Santiago que Las Meganoches, el programa de radio local que él conducía junto a Eduardo “El Tuper” Cureño, dejaría de transmitirse esa noche después de 16 años y 11 meses ininterrumpidos al aire. No pude evitar sentir nostalgia porque es de esas cosas con las que se crece y de un modo u otro esperas o crees que estarán ahí para siempre.

Quizá se pregunten por qué escribir de esto cuando hay temas más importantes y urgentes, como las fosas clandestinas o la corrupción de los Yunes, pero es precisamente porque no se puede dejar pasar el hecho de largo: ese programa nos devuelve a una época en que en el puerto se vivía tranquilo, cuando fuimos un paraíso caribeño para la fiesta, con canciones de El General reproducidas día y noche como fondo:  nuestra única preocupación consistía en que nos remitieran como la ciudad con el Carnaval más alegre del mundo.

Las Meganoches fueron por mucho tiempo el ágora, la plaza pública en la que jarochos adolescentes -y no tan adolescentes- se desahogaban después de soportar la humedad y el calor de la ciudad. Llegar a casa, olvidar los deberes y regaños de nuestros padres, sintonizar la radio para escuchar ese arte caribeño de decir mamadas, característico de la cultura popular jarocha y llevado en la radio hasta donde no lo había hecho nadie como Juan Santiago y el Tupper con sus chistes, albures y personajes que hicieron reír a toda una generación como malvados de televisión…

De los personajes, recuerdo vagamente, por ejemplo, a “La Cuchurrumina” —estereotipo de la esposa abnegada y mandona que siempre se sale con la suya— o la Tía Luchis: una señora que llegaba para hablar sobre espíritus, leer la baraja y que, gracias a una amiga, recordé también que hizo un exorcismo en vivo. ¿No es en personajes como la Tía Luchis donde se refleja nuestro gusto o afición a la brujería y el espiritismo? ¿No son el Tupper y Juan Santiago con sus personajes, con su soltura en el lenguaje, la recreación del desenfado de cómo nos relacionamos los jarochos con los demás?

Lo digo, por ejemplo, por el desparpajo en el uso del idioma de la dupla, su capacidad para la improvisación —un amigo me contó que le pusieron un beat de reggaetón a una de sus canciones favoritas de Daft Punk y les quedó poca madre—, las ocurrencias con las que hicieron más livianos los días de un pueblo entero atosigado por el calor. ¿Quién no recuerda la canción “Yo malandro, tú malandro, él malandro” o la de “Tu mamá me ama porque es mi tía”? O ese momento en que alguno de los dos decía «una mamada» y el otro respondía o secundaba: «Claro, tonto», «túpido», «eres un idiota». O aquella peculiar manera en la que cerraban el programa: Cría cuervos, y tendrás cuervitos, cría burros y te sacarán los ojos.

Por eso pienso que si el General fue para nosotros un poeta maldito, nuestro Rimbaud cuyo barco ebrio está a punto de partir —se nos volvió cristiano—, ellos, Juan Santiago y “el Tupper”, fueron con Las Meganoches nuestros Gerard de Nerval y Conde de Lautremont (Josué Castillo, conversación por FB, gracias amix) que escuchábamos a escondidas —sé de un par de amigas “niñas bien” que además de escucharlos a escondidas, bailaban las canciones que ponían frente al espejo— porque para nuestros padres clasemedieros y conservadores resultaban la encarnación de la vulgaridad.

Las Meganochesfueron también, por mucho tiempo, el lugar donde sonó el reggaeton del momento, incluso los talentos locales que hoy en día son un referente local, la música por excelencia que se expandía a taxis, urbanos, supermercados y que bailábamos en nuestras fiestas. Porque Veracruz es reggaetón tanto como la salsa, como la Habana y Cartagena es el caribe, algo insertado en nuestra educación sentimental y vida cotidiana.

Si lo digo en pasado es porque escuché el último programa y además que me aventé todos los comentarios al respecto en esa plaza pública llena de líderes de opinión en la que se ha convertido Facebook en la que decían que Las Meganoches ya no eran lo mismo con la electrónica y el pop que pasaban. Y puede ser. Durante la última emisión escuché más música pop que reggaetón, y el reggaetón que pusieron era algo más cercano al pop. No sé si es porque la empresa no tiene ya mucha idea del público al que se dirige —cancelar un programa como Las Meganoches habla de un desconocimiento total de su audiencia— o porque soy demasiado nostálgico con las cosas que fueron y que hoy, por el repentino andar del tiempo, ya no están.

A pesar de esto, pienso que Las Meganoches siempre van a representar para muchos de nosotros aquellos tiempos de una ciudad donde todo era más sencillo, cuando el reggaeton todavía era un género vulgar y de mal gusto —recuerdo que muchas radios poperas le vaticinaron 5 años de vida— para la gente de alta moral y copete arreglado, mucho antes de que éste se volviera un arete más de la industria musical y su mal pop (Despacito ft Justin Bieber), mucho antes de que los habitantes en Veracruz dejáramos de ser los púberes que escuchábamos la radio recostados en la parte trasera de un auto y nos volviéramos progres, emprendedores, animalistas, veganos, viajeros, freelancers, runners, crosfiteros, adultos con gustos refinados: hombres y mujeres desempleados exquisitos.

Ni péiper.

 

Publicado en: https://reporterodelcrimen.wordpress.com/2017/05/07/el-arte-caribeno-para-decir-mamadas-o-de-mi-adolescencia-escuchando-las-meganoches/

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