CAFÉ CON AZÚCAR: ADIÓS A EL SOL DEL CENTRO, UN AGRADECIMIENTO PENDIENTE DE ESCRIBIR


 

 

por Carlos Vergara Sz.

Con mi afecto y solidaridad a
los compañeros y amigos de El Sol

 

Por Carlos Vergara, egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

Lleno de nostalgia escribo estas líneas con el último ejemplar de El Sol de Córdoba en la mano, la edición del 27 de noviembre del año 2018.
Buenos amigos, que hoy les toca despedir al periódico tras 43 años de circulación en Córdoba y su zona de influencia, me dieron la fatal noticia ayer, que luego corrió por las redes sociales como un río desbordado.
Vienen a mí recuerdos de hace 23 años, cuando ingresé a su Redacción como reportero becario.
Enseguida, mi memoria viaja más atrás en el tiempo, a 1977, hace 41 años.
Los primeros recuerdos de mis padres, de la ciudad donde viví mi primera infancia se funden con la evocación, casi como un sueño, de El Sol de Orizaba y su periódico hermano de Córdoba.
La bruma del tiempo no me deja recordar los detalles pues apenas tenía cuatro años de edad, pero recuerdo con claridad que mi madre trabajaba como publicista en El Sol de Orizaba, ciudad donde vivíamos con mi padre.
Gozábamos de esos privilegios con que se contaban hace años en los diarios de acceder a pases gratuitos de cines y sobre todo a los circos que llegaban a la ciudad en su paso por todo México y Centroamérica.
Enviada a realizar no sé qué trámite para el periódico hermano, evoca mi memoria la vez que conocí, tomado de la mano de mi madre, el edificio de El Sol del Centro, en Córdoba.
La vista de la pequeña explanada descubierta que servía de antesala al edificio, con sus variadas plantas en macetas y la reja a media altura me agradó a la vista. Me gustó.
Muchos años después el destino me trajo de vuelta a ese edificio.
* * * * *
A principios de 1995, siendo un joven de 21 años, estudiante de Ciencias y Técnicas de la Comunicación en la Universidad Veracruzana me convertí en reportero practicante de El Sol del Centro, como entonces se llamaba el diario.
Aunque ya había publicado en el Sur de Veracruz mis primeras notas informativas, estaba ávido de mayor experiencia y surgió la oportunidad de colaborar en este periódico.
Jesús Lazo, entonces fotógrafo del diario, me propuso ante Jesús Algarín, entonces jefe de Redacción, de Información, reportero, corrector y todólogo, quien a su vez pidió autorización al director Adolfo Rico.
Gracias a ellos tres ingresé a hacer lo que Gabriel García Márquez llamaba la diaria talacha periodística.
De inmediato me “adoptaron” como cuarto mosquetero los reporteros Carlos Ruiz, el circunspecto Roberto Valerde y el inquieto Armando López, quien, por cierto, lamentablemente apenas se fue de entre nosotros, anticipándose por días a la desaparición de su periódico El Sol.
Así me fui fogueando en el trabajo reporteril, cubriendo fuentes en el campo de batalla, siguiendo los consejos y aprendiendo los trucos de mis compañeros y las correcciones de Algarín.
Aún era la época en que se formaba el periódico en la mesa de luz con “exacto” y regla de picas en mano para literalmente recortar las notas.
Como reportero de la sección local accedí al privilegio de usar computadora. Un enorme y pesado armatoste con un procesador de palabras cuya letra apenas se veía en la pequeña pantallita.
La velocidad, como siempre ha sido, era fundamental y no sólo por la presión del cierre de edición, sino porque a cierta hora que hoy no recuerdo, llegaba un enjambre de hombres salidos de la oficina de Telégrafos, contratados para transcribir en las pesadas computadoras, como modernos copistas de la Edad Media, los textos redactados en máquina de escribir por los demás reporteros.
Mi estancia en El Sol del Centro fue breve, pero aprendí mucho y estoy muy agradecido.
Mi cariño a la casa editorial será eterno. Fueron tiempos felices.
* * * * *
Durante sus dos primeras décadas de vida El Sol compitió y alternó con El Mundo la preferencia de los lectores.
Todavía eran los tiempos de la caballerosa competencia entre periódicos, como cuando El Sol y El Mundo no tenían papel y se prestaban uno al otro para poder imprimir la edición del otro día.
Pero al mismo tiempo, se mantenía la disputa por publicar de mejor manera la noticia, más completa, con fotografías de mayor calidad, con el diseño más bonito.
Algo pasó en el camino.
Factores externos sin duda, como la aparición del Internet y la “gratuidad” de las noticias.
Causas internas las hubo también, sin duda.
Con la remodelación del viejo edificio se fue su mítico nombre. El Sol del Centro pasó simplemente a convertirse en El Sol de Córdoba, sin que el nuevo apelativo generara mayor apego entre los lectores.
La “lectura” de sus notas en las estaciones de radio de la misma compañía no ayudó a la venta de ejemplares.
Su conversión a formato tabloide hace apenas unos cuantos meses fue un último intento, desesperado, por mantenerse en circulación.
No gustó y no sirvió como escaparate para las noticias.
No obstante, la calidad de su información siempre se mantuvo intacta. En muchos momentos fue más completa que las de los periódicos de la competencia.
Con la muerte de un medio de comunicación se muere también parte sustantiva de una ciudad.
Es un actor fundamental, pieza y eje, columna vertebral de la información y la opinión pública.
Un periódico transmite el pulso diario de la sociedad.
Su lectura es imprescindible para quienes tienen la obligación de escuchar la opinión pública: gobernantes, funcionarios, líderes políticos, empresariales, obreros.
No sólo es la voz de quienes no son escuchados por el poder.
Es el portavoz de la intelectualidad y junto con ella el diario forma parte de la conciencia de una ciudad.
Una prensa libre es indispensable.
Hoy, después de 43 años, El Sol publica su último número, el 16,363.

Originalmente publicado en www.carlosvergarasz.wordpress.com

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