Mesura, desmesura y sin mesura en un país dividido y en la incertidumbre


por Rodolfo Calderón Vivar

Por Rodolfo Calderón Vivar, egresados de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

Sin duda que la transición democrática ejemplar con la que un candidato de marcada oposición al sistema de gobierno imperante en México, logró llegar a la presidencia de la república en este país, causó una buena impresión en sectores de opinión diversos, tanto a nivel local como internacional. Sin embargo, a tres meses del inicio del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, esta nación se debate en la incertidumbre marcada, principalmente, por una excesiva presencia mediática del presidente, a base de declaraciones que tratan de resolver en lo verbal los grandes y graves problemas nacionales.

No dudamos de la buena fe de López Obrador y de la acelerada disposición para dirigir a México hacia una cuarta transformación que es el emblema principal hacia donde encauza todos sus propósitos. Sin embargo, hasta ahora, nadie -ni él- ha podido aclarar en que consistirá la transformación tan mencionada en los discursos de la ahora clase gobernante morenista, y muchos de los discursos incluyen conceptos que más que unir en torno a una magna tarea nacional, dividen y confrontan a una buena parte de la ciudadanía mexicana.

Tal parecen que son como juegos pirotécnicos verbales que un día nos transportan de un tema a otro, sin aterrizar ni en lo ideológico, ni en lo estructural ni en la realidad, los buenos propósitos de un gobierno que se ha catalogado como bueno por parte del mandatario, originario de Macuspana, Tabasco, una región al sur de la república mexicana.

En todos los casos, cabe señalar, una línea argumental ha sido persistente en el sentido de que todos los que disienten, critican o dudan de las decisiones del actual gobierno, son calificados como conservadores, una extraña adjetivización que nos regresa, de golpe, a casi 160 años atrás, en la historia de México, cuando el país se dividió políticamente en dos bandos ideológicos confrontados: los conservadores frente a los liberales, es decir quienes se apegaban a ciertos privilegios de clase muy tradicional -incluso clerical y pro monárquica- y los nuevos políticos que pretendían separar la iglesia del gobierno imperante y fortalecer una república.

Esta extraña forma de descalificar el presidente de la república a las críticas diversas que se hacen a su gobierno, es un anacronismo inexplicable que habla de una marcada convicción por parte del presidente de que está en lucha contra una facción legendaria que se opone al progreso que su propia propuesta ideológica mantiene para transformar a México. Es un discurso que excluye a quienes, desde este inicio de gobierno son considerados una especie de enemigos de una cuarta transformación aún indefinida. Desde ese punto, ya existe una división marcada de quienes si y quienes no, serán gestores de este cambio que se avizora, en la palabra, para México.

El uso de anacronismos por parte de López Obrador llega al grado de haber calificado como periodistas fifís a algunos de los columnistas que han aderezado críticas a su inicio de gobierno. El término, si bien con muchos años de existencia en México, estaba en desuso desde hace decenios y se refería a un término despectivo, por parte de algunos sectores de las clases medias, hacia los ricos de la época porfiriana. Fifí era quien presumía de ser de buena familia, buenos modales y poseedor de riqueza suficiente como para tener opción para vestir con elegancia extrema. En principio, entonces, la alusión es para señalar a los periodistas como pudientes y de riqueza notable, y a ello ha agregado el presidente una historia de la época de la revolución, de fuente que solo él conoce, en el sentido de que fueron fifís los que festejaron la quema de la casa de Madero durante el golpe de estado que lo derrocó.

Lo interesante es que el retorno a partes de la historia de México que, en teoría, todos deberíamos tener por sabidas, dada la formación básica que hemos recibido al respecto gran parte de los mexicanos, son utilizados por el presidente mexicano, tal vez inconcientemente, para remarcar los hechos más confrontados y ácidos vividos entre mexicanos que nos llevaron a a sangrientas guerras civiles , en otros siglos. El retorno a la confrontación de conservadores contra liberales es una rememoración de los hechos sangrientos que dieron lugar a la guerra de reforma a mitad del siglo XIX. Va de por medio ahí el ensalzamiento de Benito Juárez como parte de esos hechos. Así también el reuso de términos como fifís, nos remite a la confrontación revolucionaria de principios del siglo XX, entre porfiristas y revolucionarios, realzando como símbolo oficial ahora la figura de Francisco I. Madero, quien -por cierto- antes de su sublevación contra Porfirio Díaz, bien pudo haber sido considerado un fifí, y como tal se portó una vez que llegó al poder.

Esta utilización de la historia, desde sus perspectivas de confrontación entre grupos de poder confrontados al grado de llegar a las guerra civiles, son referencia constante en algunos de sus discursos presidenciales, sobretodo para ubicar, de manera excluyente, a quienes no están – según parece- en la línea buena de su gobierno. De entrada, que se excluya a una parte de la población – así sea muy sectorizada como los enemigos políticos- con denuestos o expresiones descalificadoras en poco abona para el ideal de transformación al que debe aspirar México.

La mesura que debería caracterizar a un jefe de estado, que obtuvo el poder mediante una lucha democrática dirimida en unas elecciones pacíficas y con resultados aceptados legalmente, sin cortapisas, por todos los contendientes, no parece existir en algunas expresiones presidenciales. Se mantiene, a ratos, un discurso desmesurado sobre la gran corrupción del pasado pero sin actuar en consecuencia para castigar a los grandes corruptos señalados muy en lo general, pocas veces en lo particular; se habla de que el neoliberalismo ha concluido, pero se aplica una política muy parecida a lo que pregona el neoliberalismo a ultranza al proceder al adelgazamiento del gobierno, despidiendo a miles de empleados estatales; se habla de saneamiento de las estructuras de gobierno con mejores prácticas, y se incrusta en las nuevas administraciones a personajes con oscuro pasado a su paso en anteriores gobiernos.

Y ahora, sin mesura diplomática – esto es, sin proceder a encauzar la petición a través del aparato que para tal fin existe en la Secretaría de Relaciones Exteriores- se procede a hacer una petición entre gobiernos para un acto protocolario de disculpa por abusos del pasado, que si bien lo han efectuado otros países involucrados en hechos parecidos, que se aparta de las formas y fondos de lo que una petición de esa naturaleza requiere, y que fue cubierto por países que lograron esos actos de contrición histórica, es decir siguiendo las normas diplomáticas.

De ahí la reacción del gobierno español en tono negativo a lo solicitado por López Obrador o la forma indirecta como también el Vaticano se negó a dar cauce a la petición del presidente mexicano para que ambos estados se reconciliaran con los pueblos originarios por hechos perpetrados en un pasado ominoso y pleno de injusticia. Lo demás es público ya, una serie de denuestos de gente que lleva agua para su molino (los partidos opositores en España, Vargas Llosa, Pérez Reverte, los políticos de la oposición en México y parte de la ciudadanía) pero también una beligerancia de fuerte, o velada, carga ideológica pro morenista, defendiendo a ultranza al presidente sin reconocer que fue un evidente desliz lamentable del presidente, por no seguir las normas diplomáticas. La causa es justa, pero no la forma como manejó el asunto.

En ese tenor estamos en el país, al borde de una división marcada por puntos de vista que se niegan a mirar más allá del pasado, incluso que se remontan al pasado más arcaico para esgrimir sus argumentos para transformar a un México lacerado por la corrupción de los últimos años y viviendo en peligro constante por la inseguridad rampante en todos los estados de la república. Pero lo más delicado es que, el presidente de la república -quien debiera ser un líder de transformación y sinergia nacional hasta donde fuera posible- sea quien marcadamente sea el punto de la confrontación entre los mexicanos, más por lo que dice que por lo que hace.

No dudamos que el presidente abona por la franqueza, que es su personal manera de ser, pero también ésta debe ser encauzada por un discurso conciliador y tolerante, que no riña con el hablar con la verdad y contestar denuestos, sin llegar al punto de la descalificación del opositor, o crítico, con alusiones históricas degradantes. Los conservadores y los fifís hace siglos que murieron, para que sacarlos de ultratumba para alborotar más el ánimo nacional. Si alguna lección podemos sacar de aquellas épocas en que conservadores y fifís existían en la sociedad mexicana, hace ya más de un siglo, es que fueron tiempos de guerra, de odio, de división nacional, de lucha cruenta por el poder. Fueron tiempos de golpe de estado. ¿Para que revivirlos ahora, aunque sea nominalmente?

Fuimos muchos por los que votamos por ese cambio de gobierno y de sistema a través de las urnas electorales, sin formar parte de un partido en especial ni siguiendo extremismos ideológicos de ningún tipo. Somos los que estamos viendo, efectivamente, una lucha mediática desde la oposición para denostar y calificar, en muy poco tiempo transcurrido en el poder, al nuevo gobierno entrante del presidente López Obrador, pero también observarmos que desde la presidencia de la república los límites entre la mesura, la desmesura y la sin mesura, se pierden en algunos discursos y acciones que, como los que ya hemos mencionado, poco abonan para esa cuarta transformación hacia donde, se dice sin aclarar cómo y de que manera, nos estamos dirigiendo.

Creo que el presidente de la república tiene todo un equipo de políticos en quien apoyarse para no dejar sobre sus hombros, únicamente, el peso de cómo mejorar a nuestros país, en estos momentos de graves problemas nacionales. Hacerlo solo, o aparentar que se toman decisiones desde una perspectiva muy personal y abrupta de ejercer el mando del gobierno en México, no es la mejor manera de salir avante. Y menos aún, con discursos que abonan a la confrontación y la división más que a la unidad en pos de la participación mayoritaria para resolver los grandes propósitos nacionales.

Hay que ver hacia el futuro, señor presidente. No revivamos los muertos del pasado.

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