Siempre de noche




Un cuento cabalístico y nigromante de Rodolfo Calderón Vivar

por Rodolfo Calderón Vivar, egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana


Un cuento cabalístico y nigromante de Rodolfo Calderón Vivar




I

De noche, el viejo patio es iluminado por candiles mortecinos de focos y luciérnagas huidizas.

En mi cama, sudando miedos, los escucho, pero no salgo a verlos. Sé que son ellos, desde hace tiempo lo sé. Descienden, como grandes burbujas de luz sobre el caserío, siempre de noche.

Fue el tío Heliodoro quien primero me habló de sus presencias. De cómo vienen y van, ligados a mi pasado, presente y futuro. Aquella noche de octubre, sibilante, con la enronquecida voz de fumador antiguo, me reveló el secreto, nuestro secreto.

– Están ahí, Gustavo…Si…Son guardianes del mundo oscuro y lejano del cual tú provienes. Abre bien los ojos, muchacho. ¡Ábrelos!…Te están esperando desde siempre, allá afuera.

Entonces, por la puerta entreabierta, penetró la primera luminosidad de sus presencias. Era una burbuja de luz de palpitantes contornos. Descendía y rozaba el techo de los lavaderos del patio. Una oleada de sonidos iba con ella. Hasta mis oídos llegaba su murmullo, semejante al respirar de los árboles cuando el viento anuncia las tormentas.

No recuerdo como acabó ese día, ni puedo aislar cada uno de los días acumulados a partir del primero, el de la revelación. El tío Heliodoro arrugaba el entrecejo, en una mueca que forzaba un guiño de su ojo izquierdo, cada vez que convertía en un ritual imperativo todas esas noches que parecieron ser las mismas, hasta la de hoy.

-Lee aquí…Lee aquí…-Me decía, mascando la punta del cigarrillo con leve ansiedad de dominante amo, una vez que me había entregado aquel libro de duras pastas negras y hojas delgadas, refugio de la historia de un dios entre los hombres, guardado para siempre en letras uniformadamente pequeñas.

Yo aprendí a leer en voz alta:

“Trece. Vi como salía del mar una bestia, que tenía diez cuernos y siete cabezas, y sobre los cuernos dies diademas, y sobre las diademas nombres de blasfemias…”

Y cada frase, y cada fase de mi voz, era recibida por un tío Heliodoro solemne, majestuoso, transformado, que resoplaba la escasez blanquecina de las volutas de humo que brotaban de su nariz aguileña. Mi voz, débil y temerosa, partía nuestra soledad, para dar cauce a luminosos sonidos de otro mundo. El cuerpo me temblaba, emocionado por la rara sensación de ser el eje de una historia mágica e ancestrak.

Y repetí:

“…e hizo que a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y siervos, se les imprimiese una marca en la mano derecha y la frente, y que nadie pudiese comprar o vender sino el que tuviera la marca, el nombre de la bestia o el número de su nombre…”

Tío Heliodoro me acostumbró a repetir este último párrafo, sellando cada uno de sus rituales nocturnos, iniciados en octubre.

-Lee…Yo te sigo…-insistía.

“Aquí está la sabiduría. El que tenga inteligencia calcule el número de la bestia, porque es un número de hombre. Su número es seiscientos sesenta y seis”, pronunciamos ambos en un dúo de voces constrastantes.

Recuerdo que le pregunté:

“¿Qué significa el número, tío?…”


-Ellos te lo dirán a su tiempo…- contestaba.

II



Hoy, sus ruidos en el patio son más angustiantes. Murmuran mi nombre. Mi tío, en su catre, está despierto. Sonríe, y le brillan sus ojos, iluminados por rojizos resplandores del viejo altar donde la abuela acostumbra rezar a sus santos rígidos, rodeados de veladoras que truenan, encendidas, agitando alargadas sombras.

Quiero gritar, no puedo. El rostro de Heliodoro se agrieta. Lentamente un ojo resbala por su mejilla, cerca de la sonrisa que permanece quieta. Y miro la puerta, sus rendijas derraman luz, como agua pesada y brillante que lentamente nos inunda.

-Aquí está la sabiduría. El que tenga inteligencia…-murmuran ellos.

No puedo más. Respiro hondo. Sudo. Tiemblo. No quiero escucharlos. No quiero.

-Calcule el número de la bestia…- repite el tío, a través de sus desgajados labios.

Héme aquí. He decidido levantarme cuando crujen los huesos de Heliodoro al derretirse su carne, en una mezcolanza de líquidos espesos y sanguinolentos, repletos de grasa amarillenta y cabellos blancos.

-Porque es número de hombre. Su número es seiscientos sesenta y seis- pronuncian las voces. ¡Ellos ya entraron!.


Fuera de su funda, el machete blande una esperanza de que el martirio termine. Pero, es tarde. Aquello que ya no es el cuerpo de Heliodoro empieza a ser absorbido por una burbuja luminosa.

-Los cuadrados de los primeros siete números primos suman seiscientos sesenta y seis…- murmuramos todos.


Somos ya una sola presencia. Comprendo. Se están apoderando de mí.

Cuando entierro el machete en mi vientre, no hallo un grito de dolor en mi garganta. Soy una luz y me deslumbra mi brillantez, aunque mis ojos se cierren. Alrededor, los gruesos paredones de la casa se derrumban, apretujados por torrentes luminosos que caen del cielo.

III

Ayer…

Sueño. La abuela se levanta de la cama, casi en el momento que la nave, en forma de roca alargada, toda levemente el tejerío de la casa. Somnolienta, ella no la ve ni la escucha. Los años han cercado sus oídos. Ni siquiera percibe los aires repletos de un extraño silencio.

No cantan los grillos entre la maleza. Ni las ranas, dominadoras de la madrugadas, gimen desde la espesura húmeda del lago. La abuela, se aprieta el cuello del camisón como una trémula respuesta al frío y, antes de volver a dormir, contempla brevemente el caudal de estrellas sobre el horizonte. “Estrella de tul, estrella azul, donde sueña el dios que cargará la cruz…”, se escucha a si misma cuando musita una de esas canciones absurdas nunca olvidadas.

Cerca, en su cuna, el niño Gustavo sueña con un cementerio azotado por viento atronador, partidor de lápidas y mausoleos, de donde brotan incipientes tolvaneras, entre sombras de abedules y matorrales enmarañados. Cuando el polvo se disipa, con oscuros perfiles de desgarbadas formas, los muertos, cuales gusanos en nerviosa procesión, escapan de sus tumbas.

Ni el niño, ni la abuela, ya dormidos, pueden ver las primeras burbujas de luz que caen sobre el patio y que habrán de caer durante los siguientes 30 años.

Solo Heliodoro, despierto, aguza la mirada y prende un cigarrillo, recargado en el pretil de uno de los lavaderos.

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